Rebecca apareció el día que mi orgullo se hizo pedazos, el día que mi odio llegó a puntos nunca antes alcanzados, el día en que supe qué era querer una venganza.
Ella fue lo que siempre quise, y sacó de mí lo que nadie antes.
Llega a ser irreal, borrosa, lejana… Deja de ser mía.
Sí, eso es lo único que Rebecca no es, mía. En un acto de egoísmo total y asqueroso yo le advertí que nunca sería de ella, que con ella y solo con ella podía ser yo, y yo soy libre y despreocupada de todo y de todos. Ella sonrió y me dijo que eso era lo que encantaba, lo que amaba…
Yo también la amaba, aunque nunca se lo dije, amaba cada centímetro de su piel, sus ojos, su pelo, sus labios, sus dedos delgados que me recorrían como si me conocieran de siempre, su cabello alborotado que soltaba al pie del acantilado y jugaba con el aire que me llegaba vuelto uno con su olor.
Yo amaba a Rebecca, la amaba con ese amor egoísta y miedoso. La quería para mí y solo para mí, quería abrazarla hasta romperle los huesos y sentirnos una sola, quería abrazarla a contraluz y no despegarme nunca de ella, quería que mi reflejo sea lo único que estuviera en sus ojos. La quería toda para mí.
Ella estaba dispuesta a todo eso y mucho más.
Yo nunca le pude asegurar ser solo para ella. Mi naturaleza no me lo permitía, yo quería viajar y conocer gente, enamorarme de maneras distinta de otras mujeres y otros hombres, quería mi soledad que siempre me llama y la quería a ella al final de todos los caminos.
Rebecca aceptó con tristeza, entendió que así era yo. Yo le dije que ella podía hacer lo mismo, que al final de todos los caminos nos encontraríamos, al final de todo y todos quedaríamos solo las dos.
Vi cómo sus ojos se apagaron un poco detrás de mi reflejo, le di un beso enorme y la amé aún más, quise decirle que la amaba por eso, quise abrazarla y perderme en sus pechos pero un vació insoportable me contuvo.
Sus amigos me odiaban porque veían cómo yo era un sanguijuela pegada a Rebecca, yo le absorvía la vida. Sus ojos no eran los mismos, su sonrisa.
Yo le fui quitando el alma con cada flash, con cada foto, con cada caminata al pie del acantilado, con cada café, con cada risa, con cada beso. Y ella, en una forma total de entrega hacia mí me dejaba robarle la vida, me dejaba volverla mía, hasta que un día Rebecca no era más Rebecca sino la sombra de la mujer que amaba.
Rebecca cayó al vacío una tarde mientras mirábamos el mar, un atarde en nuestro acantilado. La poca vida que le quedaba me la dio en una última mirada, en una última búsqueda de mí. Cuando sus ojos marrones me miraron fijos y vacíos yo supe que todo había terminado, supe que ella esperaba que la abrace y la salve del abismo pero su mirada me paralizaba el alma y supe que ella debía morir.
Yo le tomé una última foto y miré hacia el cielo, por el ángulo de mi visión vi como ella cayó en el abismo, quise gritar, tomarla de la mano pero el cielo y mis ojos se no se desprendieron.
Tomé una última foto.

